Tamara de Limpicka/La Belle Rafaella
Cuando toqué con mis manos la tierra, un frio de tiempo recorrió mis venas, mientras obnubilaba mis sentidos, el silencio era abrumador, y como un ciego, al tacto fui avanzando, no tenía miedo, el olor que me envolvía era dulce y agradable, mis manos sentían una humedad suave, que hacía que ellas siguieran avanzando buscando lo próximo.
Comencé a reconocer algunas formas y mi instinto me llevó a abrir los ojos, pero no puede, una fuerza inexplicable me lo impedía. Fue entonces cuando recordé un viejo juego de la infancia, en que con los ojos vendados recorría la casa adivinando que era cada obstáculo que se me presentaba. Y así lo hice.
El primer recorrido fue largo, siempre húmedo, recorría curvas y firmezas, hasta un lugar mas suave aún, blando quizás que hizo que notara un corto pero intenso temblor.
Allí me desorienté, porque toda esa humedad y suavidad que venía recorriendo se convirtió en algo áspero y enmarañado, carnoso y el temblor fue intenso.
Decidí no continuar, y busqué con la otra mano lo que pensaba que era más arriba, allí volvía a la antigua humedad y en la suavidad recuperada me encontré con una amplia meseta que ondulaba de acuerdo a mi presión, inmediatamente un pequeño orificio me obligo a salir de allí y seguir.
La suavidad era más suave aún, esponjosa, redondeada, elevada, encumbrada con un círculo accidentado y sensible que impidió seguir con este juego.
Con miedo, y desesperado me esforcé por abrir los ojos y como si nunca hubiera tenido esa presión los abrí. Sorprendiéndome de verte desnuda recostada sobre el pasto.
Entonces me di vuelta y volvía al principio de este sueño que había surgido de solo tocar un puñado de tierra.


